sábado, 5 de septiembre de 2009

Carta 3

Invierno 2009.

Querido Amigo:

Pareciera vulgar, en estos tiempos de tecnología virtual, difusa, que recurra a la olvidada comunicación postal. Pero me fue necesario retroceder en el tiempo como una forma de restablecer contacto contigo. Hace mucho que no sé de ti, no sé de tus sueños, de tus realizaciones, no sé qué ha sido de todo lo que en algún momento imaginamos juntos, de todas esas alturas que juramos alcanzar. Aunque para las épocas actuales, lo mismo da saberlo. En todo caso, con esta carta festejo que existas y con la tinta que derramo, dibujo un abrazo.

Voy haciendo espacios en cada uno de los días por venir, seguramente sabes que la esperanza es uno de mis fuertes, esperanza que también sembré en los caminos que anduvimos. Igual el vino se ha hecho más añejo, pero sigue en el lugar donde lo colocaste. Recuerdas que dijiste: “La vamos a beber a media noche el día que vuelva”. Yo quedé anclado en la distancia que dibuja la ronda de un reloj.
El otoño está próximo y no hago más que evocar todo el tiempo pasado. Irradia mi mente un coro de luz para iluminar tu regreso. Le he cedido al antiguo parque unas cuantas rondas, un espacio en la banca y hojas de pino, que te den la bienvenida, mientras tanto: escribo. Y lo hago por que no quiero que el río deje de hablarme de esa ave que corta la noche con su navaja sonora. Por que quiero fumar un cigarrillo y ver tu cara mirando mis manos, estas manos que sienten como pasa el viento proveniente de algún lugar, en el que quizás aun me recuerdes, en la banca del parque con los árboles que nos miraban con celo por la cercanía de nuestros cuerpos y entonces me pregunto: ¿Cuál es el amor de un árbol? Y me respondo: el viento que juega a helar tus mejillas, a desarreglar los peinados y los permanentes, o tal vez el canto del viento que rompe con el silencio que existe al juntar nuestras almas.
Hay gritos muertos, generados de miedo, este pretender ser uno para alcanzar a otro ser humano distante, al otro lado de éstas letras…
Me despido pretendiendo quedarme como sorpresa ante lo cotidiano, eso que nos hace invisibles y a veces insensibles…

PD. Te espero en letras “En letras derramadas”

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